Conquistadores, platino, e investigación.

sábado, 14 de junio de 2014

Esta entrada participa en la XXXVI Edición del Carnaval de Química (Edición kriptón, Z=36), hospedado por el blog cafedeciencia. También participa en el VIII Carnaval de Geología, que organiza ZTFNews. Si te interesa, puedes esta entrada, o difundirla por las demás redes sociales.

Invertir en ciencia, en los tiempos que corren, puede parecer una locura. No es algo que aporte dinero inmediato, y puede parecer difícil entender cómo proporcionar dinero a un puñado de expertos para que estudien algo que sólo ellos conocen puede beneficiar a todo el mundo. Pero la historia ha demostrado constantemente que la ciencia no es algo sólo beneficioso, sino que además es necesaria para que las naciones prosperen y las economías no queden atrás. Me parece que la siguiente historia ilustra bien la importancia de la investigación, así como la incertidumbre que sigue a cada descubrimiento y cómo la sociedad cambia con las aplicaciones de dicho avance. Es difícil mirar hacia adelante, pero cuando miramos hacia atrás hay una cosa clarísima: sin investigación, no hay avance. Sin ciencia, no hay futuro.

Se trata de la historia del descubrimiento del platino.



Hemos de situarnos en lo que ahora es Colombia, a finales del siglo XVII. En ese tiempo, la actual Colombia pertenecía a un virreinato, el de Nueva Granada, al norte del cual se sabía desde hacía casi doscientos años que había unas reservas enormes de oro. Sin embargo, debido a las altas temperaturas, lo impracticable del terreno y la lluvia constante, no se empezó a explotar hasta la década de 1690.

Mapa de 1730 del Virreinato de Nueva Granada.

La mayoría del oro se concentraba en la región de Chocó, así que la inmigración española del lugar comenzó a crecer rápidamente. Sin embargo, había un problema difícil de resolver: el oro de la zona venía acompañado por unas rocas excepcionalmente duras, de aspecto similar a la plata, que no podían fundirse con fuego de leña. Los españoles dieron a este mineral el nombre de platita, y pronto se hizo evidente que separarlo del oro sería un proceso costoso y lento. Los métodos disponibles en la época eran dos, ambos tremendamente costosos: utilizar mercurio (el cual no se conseguía fácilmente) o separar el oro y la platita a mano. Se consideraba un material poco deseable, y se solía descartar durante las separaciones a mano, volviéndose a tirar al suelo. Algunos pensaban que se trataba de un oro inmaduro, que no había permanecido tiempo suficiente bajo tierra y que por ello no había adquirido el color amarillo característico.

La situación no cambió mucho hasta más de mediado el siglo XVIII. En España, la platita sólo recibía atención por parte de algunos científicos. En concreto, en Madrid había un científico de origen francés, un tal François Chavaneau, cuyo trabajo se centraba en el platino. Sabía que la platita era una mezcla de diferentes minerales, y estaba intentando separarlos para estudiar las propiedades del platino puro. Con materia prima más que suficiente proveniente de América, Chavaneau consiguió extraer del mineral oro, hierro, y demás impurezas que lo hacían impracticable. Pero se sorprendió al encontrar que el metal resultante no tenía propiedades uniformes: a veces se mostraba maleable, mientras que algunas otras veces era más quebradizo. Desanimado, dejó la investigación. Lo que Chavaneau no sabía era que aún quedaban trazas de otros dos metales muy relacionados con el platino, que no se descubrirían hasta dos décadas después: el osmio y el iridio.



Dado que le insistieron a que siguiera investigando, Chavaneau continuó trabajando en su laboratorio en Madrid. Tres meses después, encima de una mesa de la casa del conde de Aranda (el cual suministraba platita al científico) apareció un bloque metálico. Pesaba unos 23 kilogramos, y tenía unos 10 centímetros de lado. El conde intentó levantarlo, y al no conseguirlo, le dijo a Chavaneau que el bloque estaba pegado a la mesa y que se trataba de una broma. Sin embargo, el bloque estaba suelto: era platino, casi puro, y maleable. Al tratarse de un metal 21 veces más pesado que el agua, el volumen contenido en una botella de un litro y medio pesaría unos 32 kilogramos.

Depende de la definición de 'descubrir' que elijamos, podemos considerar a Chavaneau el descubridor del platino: consiguió obtenerlo puro en 1783. Lo consiguió utilizando agua regia, una combinación de ácidos nítrico y clorhídrico, de una concentración tal que sólo se disolvía el platino. (No es la primera vez que hablamos del agua regia por aquí). Después, utilizando agentes reductores, se puede hacer que el platino pase a su forma metálica de nuevo, obteniéndolo así puro.

El primer objeto hecho de platino puro fue este cáliz, que Carlos III regaló al papa Pío VI:


El método de extracción del platino se mantuvo secreto. Se entrenaron nuevos químicos especialmente para poder extraer el metal (que aún no se consideraba precioso) directamente en Nueva Granada. Barcos con buenas cargas de platita llegaron a España, con el propósito de extraer metal del mineral. Parecía que España estaba apunto de entrar en una nueva época, la época del platino. Sin embargo, como el lector se puede imaginar, no fue así: la invasión de España por parte de las tropas francesas en 1808 y la independencia de Colombia (país al que a día de hoy pertenece Chocó) a principios del siglo XIX eliminaron toda posibilidad de seguir importando platino.

Pero sigamos con el platino. Si en la época no se consideraba un metal precioso, ¿por qué ahora sí? En primer lugar, se puso de moda en las altas esferas, por presentar ventajas ante la plata y el oro. El platino no se empaña, y además se parece mucho a la plata, que es lo que debía llevarse durante la noche en lugar del oro (según las normas de etiqueta del siglo XIX). Por otro lado, a pesar de que es más abundante en la corteza terrestre que el oro, es también más caro que éste. Mientras escribo esto, el platino está a 1426 dólares por libra, mientras que el oro está a 1276 dólares por libra. Dado que hay más cantidad, si el precio es mayor debe ser porque también hay más demanda. Y efectivamente, podemos comprobar que el platino tiene una gran cantidad de aplicaciones, además de las ornamentales: se utiliza como catalizador en numerosas industrias, en la fibra óptica, en implantes, en la fabricación de numerosos dispositivos, en cirugía, y en un largo etcétera. De hecho, existen compuestos del platino que se usan activamente en el tratamiento de algunos tipos de cáncer. El cisplatino es el más famoso (a la izquierda, con el átomo de platino en rosa).

No deja de ser curioso que una industria que mueve cientos de millones de dólares al año comenzase en el pequeño laboratorio de un científico de orígenes humildes. Nunca se sabe cuál va a ser el siguiente gran descubrimiento, ni de dónde va a surgir el científico que halle algo enormemente relevante. No creo que escatimar en educación o en ciencia, sea la medida para salir de una crisis.

Es una pena que aún haya gente que dude de la importancia de ambas cosas.

Fuentes

-A History of Platinum and its Allied Metals. Donald McDonald / Leslie B. Hunt. 1982. ISBN: 0905118839.
-La tabla periódica. Hugh Aldersey-Williams. 2013. ISBN: 9788434405974.
-About Platinum [link]

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