Muerte, destructora de mundos

viernes, 2 de enero de 2015

Vagando por Internet, como otras tantas veces, me he topado con algo que creo que merece la pena dejar por aquí. Lo compartí en mi cuenta de Twitter, y parece ser que, aunque el testimonio sí que es conocido, poca gente había visto el vídeo anteriormente.

Se trata de J. Robert Oppenheimer, director del Proyecto Manhattan, hablando sobre lo que le cruzó la mente tras comprobar que la Prueba Trinity había sido finalizada con éxito. El fragmento impacta cuando se lee, pero cuando se oye narrado por la voz de un –ya desgastado– Oppenheimer se hace incluso amargo. Es la expresión de un hombre que está convencido de que puede acabar con la vida en la Tierra, que no es decir poco.


El vídeo dispone de subtítulos en inglés, español, francés, italiano y portugués.

We knew the world would not be the same. A few people laughed, a few people cried. Most people were silent. I remembered the line from the Hindu scripture, the Bhagavad-Gita; Vishnu is trying to persuade the Prince that he should do his duty, and to impress him, takes on his multi-armed form and says, 'Now I am become Death, the destroyer of worlds.' I suppose we all thought that, one way or another.

Y en español:

Sabíamos que el mundo no sería el mismo. Unos cuantos rieron, unos cuantos lloraron. La mayoría permaneció en silencio. Recordé la línea del texto hindú Bhagavad-guitá. Visnú intenta convencer al Príncipe de que debería cumplir con su deber, y para impresionarlo, toma su forma con varios brazos y dice: 'Me he convertido en la Muerte, destructora de mundos'. Supongo que todos lo pensamos, de una forma u otra.

A Oppenheimer no le faltaban razones para sentirse así. Parecía bastante cierto que las armas nucleares iban a aumentar exponencialmente su potencia, hasta el punto de que, si se desencadenaba una guerra nuclear, no quedaría nadie para contarlo. Un escenario aterradoramente plausible.

Añadido el 3 de enero: Menciona Jordi en los comentarios que hay otra entrada que habla sobre este mismo tema. Contiene, además, imágenes del proceso de detonación.

Añadido el 30 de enero: Según dice Javier en la sección de comentarios, Oppenheimer no citó correctamente la Bhagavad-guitá, que en realmente dice 'Soy la muerte que pone fin a todas las cosas'. En inglés, 'And I am all-devouring death'.

Consejos para jóvenes científicos, de Steven Weinberg

sábado, 20 de septiembre de 2014

Ayer me topé, gracias a un tuit de Bernardo Herradón, con un texto que me ha parecido curioso. Se trata de cuatro consejos que Steven Weinberg, ganador del Premio Nobel de Física de 1979, dio a futuros científicos en una charla en la Universidad McGill en 2003. El texto está en inglés y no he encontrado ninguna traducción, así que dejo aquí una bastante libre (que es lo que se suele decir para que no lo critiquen a uno si hay algo incorrecto). El original se puede encontrar aquí. Os dejo con él.

Cuatro consejos para jóvenes científicos.
Cuando me gradué en la universidad —hará unos cien años— la literatura disponible sobre física me parecía un inmenso e inexplorado océano que tenía que cartografiar antes de empezar a investigar por mi cuenta. ¿Cómo podría hacer yo nada sin saber lo que ya se había hecho? Afortunadamente en mi primer año de posgrado tuve la buena suerte de caer en las manos de un físico experimentado que insistió, ante mis ansiosas objeciones, en que debía empezar a investigar e ir aprendiendo lo que necesitase conforme me hiciera falta. Se trataba de nadar o ahogarse. Para mi sorpresa, encontré que el método funciona. Me las arreglé para doctorarme rápidamente (aunque cuando lo hice no sabía casi nada de física). Pero aprendí una cosa importante: nadie lo sabe todo, ni es necesario hacerlo.


Steven Weinberg, en diciembre de 1979. Fuente.

Otra lección que aprendí, para seguir con mi metáfora oceanográfica, es que mientras estás nadando debes dirigirte a las aguas más revueltas. Cuando estaba enseñando en el MIT, a finales de los sesenta, un estudiante me dijo que prefería aprender relatividad general en lugar del área en la que yo trabajaba, física de partículas elementales, porque los principios de la primera se conocen bien mientras que los de la última le parecían un lío. Me sorprendió que me hubiese dado una razón perfectamente buena para hacer justo lo contrario. La física de partículas era un área donde aún se podía hacer trabajo creativo. Era un verdadero caos en los sesenta, pero desde entonces el trabajo de muchos físicos teóricos y experimentales ha podido poner algo de concierto, y hacer que todo (bueno, casi todo) encaje en una bella teoría conocida como el Modelo estándar. Mi consejo es que es mejor ir a donde está el caos, pues ahí es donde está la acción.

Mi tercer consejo es probablemente el más difícil de seguir. Se trata de perdonarte a tí mismo por malgastar el tiempo. A los estudiantes sólo se les exige que resuelvan problemas que sus profesores saben que se pueden resolver (a menos que el profesor sea extraordinariamente cruel. Además, no importa si los problemas tienen relevancia científica. Hay que resolverlos para aprobar. Pero en el mundo real es muy difícil saber qué problemas son importantes, y nunca puedes saber si en un momento dado de la historia un problema se puede resolver. A principios del siglo XX algunos físicos destacados, incluyendo a Lorentz y Abraham, estaban intentando esclarecer la teoría sobre los electrones. Era, en parte, para entender por qué todos los intentos de detectar los efectos del movimiento de la Tierra a través del éter habían fallado. Ahora sabemos que estaban trabajando en el problema equivocado. En esa época nadie podría haber desarrollado una teoría válida del electrón, ya que la mecánica cuántica aún no se había descubierto.


Fragmento de un libro de texto de física, antes del descubrimiento del electrón. Fuente.

Fue necesario el ingenio de Albert Einstein, que en 1905 se dio cuenta de que el problema adecuado en el que trabajar se trataba del efecto del movimiento en las medidas del tiempo y del espacio. Esto le llevó a la teoría de la relatividad especial. Dado que nunca puedes estar seguro sobre cuáles son los problemas adecuados sobre los que trabajar, la mayoría del tiempo se pierde en el laboratorio, o en tu propio escritorio. Si quieres ser creativo tienes que acostumbrarte a gastar la mayor parte de tu tiempo no siendo creativo, permaneciendo quieto en el océano del conocimiento científico.

Para acabar, aprende algo acerca de la historia de la ciencia, o al menos la historia de tu propia especialidad. La razón menos importante para hacerlo es que la historia te podría ser de utilidad en tu propio trabajo como científico. Por ejemplo, de vez en cuando los científicos se ven lastrados al creer en uno de los modelos sobresimplificados de la ciencia que han sido propuestos por filósofos (de Francis Bacon a Thomas Kuhn y Karl Popper). El mejor antídoto para la filosofía de la ciencia es conocer la historia de la ciencia.

Pero más importante aún, la historia de la ciencia puede hacer que te parezca que tu trabajo vale la pena. Como científico, probablemente no vas a hacerte rico. Tus amigos y parientes seguramente no entenderán qué es lo que haces. Y si trabajas en un campo como la física de partículas elementales, ni siquiera tendrás la satisfacción de hacer algo que tiene una aplicación inmediata. Pero sí que puedes sentirte satisfecho al reconocer que tu trabajo como científico forma parte de la historia de la ciencia.

Echemos la vista cien años atrás, a 1903. ¿Qué importancia tiene ahora quién era primer ministro de Gran Bretaña ese año, o el presidente de los Estados Unidos? Lo que es realmente importante es que en la Universidad McGill, Ernest Rutherford y Frederick Soddy estaban descubriendo la naturaleza de la radiactividad. Este trabajo ha tenido aplicaciones prácticas (¡por supuesto!), pero mucho más importantes fueron sus consecuencias culturales. La comprensión de la radiactividad permitió a los físicos explicar por qué los núcleos del Sol y la Tierra podían estar aún calientes después de millones de años. En este sentido, desaparecieron las últimas objeciones científicas a la edad que muchos geólogos y paleontólogos atribuían a la Tierra y al Sol. Después, tanto cristianos como judíos tuvieron que dejar de lado sus interpretaciones literales de la Biblia, o resignarse a la irrelevancia intelectual. Esto fue solo un paso en una sucesión de pasos, de Galileo a Newton y Darwin hasta el día de hoy que, una vez tras otra, ha debilitado el arraigo del dogmatismo religioso. Leer cualquier periódico hoy es suficiente para mostrar que este trabajo no ha terminado aún. Es una obra educadora de la que los científicos se pueden sentir orgullosos.